Wilfredo Gómez quiso intimidar a Salvador Sánchez… ¡hasta el trompetista se burló grotescamente de un mariachi en pleno ring! En la pelea que más han disfrutado los mexicanos.
Pero nada detuvo a ‘Chava’ para darle una paliza descomunal a un puertorriqueño fanfarrón y arrogante como Wilfredo.
Era la famosa ‘Pelea de los Pequeños Gigantes’… y con justa razón.
Para finales de 1981, tanto Salvador Sánchez como Wilfredo Gómez estaban en la élite mundial.
Un ranking rescatado de la época colocaba entre los mejores libra por libra a: Thomas Hearns, Alexis Argüello, Sugar Ray Leonard, Salvador Sánchez, Wilfredo Gómez, Aaron Pryor, Marvin Hagler, Larry Holmes, Roberto Durán y Eusebio Pedroza.
Así que esa noche del 21 de agosto de 1981, en Las Vegas, prácticamente se enfrentaban dos de los mejores libra por libra del planeta.
Y la pelea tenía su encanto: era la clásica rivalidad México vs. Puerto Rico, dos países con una historia boxística tremenda y llena de pasión.
A los mexicanos aún les dolía el recuerdo de cuando Wilfredo había noqueado y demolido a Cañas Zárate en 1978, en una pelea con tintes polémicos: Gómez dio golpes a destiempo y se dijo que Zárate subió con fiebre a pelear.
De cualquier modo, Salvador Sánchez representaba la revancha perfecta… ¡y vaya que lo fue!
El mexicano hizo pedazos a Wilfredo.
Y es que Wilfredo era egocéntrico, fanfarrón y le encantaba hablar.
Durante la previa le dijo a Sal: «Tómate una buena foto antes de la pelea, porque después nadie te va a reconocer por la paliza que te voy a dar».
Ante eso, Salvador respondió tranquilo: «No hay nadie en el mundo que pueda intimidarme. Respeto a Gómez como boxeador… pero no como persona».
Y es que Gómez, un supercampeón en supergallos, subía a los Pluma para retar al boxeador más especial que haya parido México.Y en el ring, la cosa no cambió.
Wilfredo entró con una elegante bata con la bandera de Puerto Rico, caminaba sin nervios, tiraba besos y su equipo se veía muy confiado ante un Caesars Palace repleto de mexicanos.
Por su parte, Chava se subió con una bata de terciopelo, en la espalda el bordado de Santiago Tianguistenco, dando brinquitos y saludando al público con humildad.
Pero antes de que sonara la campana, estalló otra batalla: entre los músicos puertorriqueños y el mariachi mexicano.
Uno de los trompetistas de Gómez se acercó y le tocó el instrumento directo en la cara a uno de los mariachis… ¡un acto de burla total!
Ante toda esa arrogancia, Salvador solo sonreía… a sabiendas de que tenía 15 rounds para masacrar a su oponente.
Y toda la arrogancia de Wilfredo, su equipo y sus músicos se esfumó desde el primer round, pues Salvador lo mandó a la lona en un dos por tres.
Wilfredo quedó tan mareado la mayor parte del round que llegó casi desmayado a su esquina.
La pelea fue una paliza descomunal, una verdadera obra de arte que solo duró ocho rounds, los mismos que había pronosticado Gómez que le durararía Salvador.
En el octavo, Gómez cayó de nuevo… y el réferi paró la masacre.
Fue tan impresionante lo de Salvador que esa noche hizo ver como un costal a un boxeador como Wilfredo Gómez, que era un talento fuera de este mundo: poderoso, del más alto nivel.
Esa noche, Sal enfrentaba al rival de mayor jerarquía de su carrera… y lo mismo para Wilfredo.
Pero la diferencia fue brutal: Salvador parecía estar practicando con el costal, tirándole tres ganchos de izquierda consecutivos como si de un entrenamiento se tratara.
Al final, el que terminó con la cara irreconocible fue Wilfredo Gómez. Pero hay que decirlo: Wilfredo se portó como un auténtico campeón, siempre saliendo a intentar ganar, con el corazón de guerrero.
Sin embargo, enfrente estaba Salvador Sánchez, el boxeador más especial que se haya parido en México… quien con esa victoria vengó derrotas a sus compatriotas y demostró que su humildad fue más poderosa que la arrogancia, dando así el triunfo que más han disfrutado los mexicanos.
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